Me caga Polanco

Me caga Polanco, me caga Masaryk. Me caga la idea de no mezclarse. Me caga su Masaryk limpído y de blancas banquetas, blancas por el granito, blancas por las pieles de los que las caminan. La opulencia, la idea de que las camina el mexicano de clase alta. Me caga ver esas manchas comunes del mexicano moreno: el del valet, el del niño que vende chicles, el de la señora indígena vendiendo, el de los jodidos re jodidos ganándose la vida en la calle, rogando por 5 pesos para comer, bajándole el precio al producto porque “cuánto es lo menos, marchante” (descuentos que no le piden a la dependiente de la brillante tienda de diseñador sobre la calle).

Me cagan estos constrastes y me caga Polanco porque queda de testigo mudo de nuestro clasismo, de nuestra desigualdad, de nuestro 5% de ricos y un chingo de pobres. Nos queda Polanco de cicatriz de todo lo que unos pocos tienen, como una suerte de Guetto de ricos. Una cicatriz de lo que nos queda pendiente con tanta gente sin acceso a lo básico y sumidos en míseras vidas. 

Me caga Polanco. 

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